La batalla contra los no lugares
Marc Augé acuñó el término en 1992 en su libro «Los no lugares. Espacios del anonimato« para describir espacios caracterizados por la soledad de los movimientos acelerados de las personas que los usan solo como paso hacia otro sitio.
Los define por oposición al «lugar antropológico»: un espacio que no puede definirse como espacio de identidad, ni relacional, ni histórico — autopistas, salas de espera de aeropuerto, centros comerciales, hoteles de cadena.
Un no lugar es un espacio sin identidad propia, pensado exclusivamente para pasar de una zona a otra, y por lo tanto carece de trascendencia, de memoria. Nada digno de mención ocurre en ellos, salvo que te transportan de un espacio con significado a otro.
En ellos la gente no habla no interactúa , incluso probablemente se esquivan, cada uno abstraído en sus propios escenarios -y algunos habitando su propio “no lugar” mental.
En un “no sitio” nos desactivamos (tal vez las redes sociales sean los “no sitios” virtuales) cognitivamente, y no recolectamos hasta que no salimos de esa zona gris.
Los no lugares en las casas
Simona Garufi y Maria Isabel Ortega hablan de los no-espacios en las casas (recibidores, pasillos,…).
Solo los niños, que no tienen el cerebro colonizado con fronteras, utilidades, o funcionalidades pueden crear su mundo en un pasillo, debajo de una escalera, detrás de una cortina o escondidos detrás de un sofá.
En los programas televisivos de reformas, en “concepto abierto” parece querer convertir el “hogar” en un no sitio, donde ya ninguna habitación tiene una función definida, sino que se transita entre ellas según la necesidad. La personalización desaparece (o queda relegada) primando la función.
No lugares en las ciudades

Pedro Bravo en su libro “Antes todo esto era ciudad” habla de los espacios no-ciudad, lugares meramente transaccionales, donde no está previsto que se realice ningún tipo de interacción o encuentro: parkings, intercambiadores, andenes, incluso medios de transporte masivos. Como decíamos más arriba, los móviles y las tabletas permiten convertir cualquier espacio en un “no sitio” donde no interactuamos con nadie ni nos interesa el mundo exterior.
Llevado al extremo, las aceras cada vez más anchas, la multiplicación de los pasos de cebra, esconden detrás de la conveniencia la capacidad de transitar sin que la presencia de otros nos obligue siquiera a pedir paso, a cederlo o ayudar a alguien en apuros,
Podemos disfrutar de nuestra soledad urbanita sin que la burbuja personal se vea amenazada. De hecho, la principal queja sobre el transporte publico suele ser que está lleno, que nos obliga a tomar consciencia del otro, de su perfume (u olor), a intercambiar breves frases de cortesía (¿Me deja pasar? Gracias, Disculpe, perdone…), nos obliga a mirar a la cara a los otros y -aunque sea inconscientemente- hacernos una imagen mental de su historia.
«Tiene la cara triste, menudos aires, ¿a dónde va con esa ropa?»… en cuanto entramos en contacto con el otro, nuestro cerebro se activa para un escenario de interacción.
No sitios en las oficinas

En las oficinas también hay no-espacios, zonas liminares por donde se pasa sin pensar, sin hablar con nadie, sin mirar… áreas muertas donde nadie nunca se quedaría voluntariamente (o «todo el mundo pensará que me pasa algo, que tengo miedo, que estoy inseguro, desorientado, distraído, estresado»). Nadie puede ser feliz en un “no sitio” Están pensadas para que salgas rápidamente de ellas, como si tuvieran radiación.
Una teoría similar mostraba la diseñadora Paula Portilla en su artículo de 2019, cuando decía:
Una oficina colaborativa, ¿podría ser un “no lugar” como lo define Marc Augé? Existe la tendencia de crear oficinas contemporáneas con estaciones abiertas, lugares de colaboración, espacios de relajación y descanso, etc.
(…)
Puede ser que en un futuro, las oficinas sean “no lugares” en donde las personas acudan solamente en ciertos momentos y trabajen en casa, en algún café o el parque. Puede ser que el futuro del trabajo sea acudir a “no lugares” todo el tiempo
A veces para encontrarse con alguien hay que ir a la fotocopiadora o hacerte el remolón delante de una máquina de vending y así poder interactuar con alguien sin que medie un tema laboral. Saludos, qué tal el día, vaya calor, vaya frio, menudo atasco… todas esas frases que tildamos de “lugares comunes” son la puerta de entrada a “Hola, soy Alfonso de Marketing, y tu?
Conclusión
Huyamos de los que intentan vendernos una zona de “transición” como algo necesario. Es un eufemismo para decir “no he pensado suficiente en esta zona”.
No hay motivo real para que haya zonas muertas en nuestros espacios (sean oficinas, casas o ciudades). Pueden acoger momentos lúdicos, formativos, relajantes… dotar de significado a cada rincón, depende exclusivamente de los profesionales que están diseñando el espacio y demuestra atención al detalle, preocupación por los usuarios, y conocimiento de los recursos.
Es hora de traer ese “tercer lugar” de Ray Oldenburg a los espacios que habitamos cada día, no como una segregación para que la vida y la interacción ocurran en “otra parte” sino para que puedan suceder allá donde estén los usuarios, de una forma orgánica y sin fricción. Podríamos decir, cerrando el bucle, sin tener que atravesar ninguna zona de transición.
En Distrito HM llevamos décadas aportando los medios para que se pueda diseñar cada espacio con propósito, reuniendo las mejores marcas para que el usuario sienta, al habitarlos, que está en un “lugar antropológico” que diría Marc Augé. Un lugar pensado por y para el usuario, donde el cariño y el cuidado se siente en cada rincón. Si quieres hablar de cómo convertir los “no sitios” de tu proyecto en momentos “wow”, contáctanos y trabajamos juntos.
Nota: imágenes creadas con IA